el primerO

Publicado en historietas el 7 de Diciembre, 2006, 0:30 por Fagoaga

Va a continuación una pequeña muestra de algo más voluminoso bajo el nombre de "Fatalidades", un conjunto de relatos que se escriben cuando se dejan. Este, digamos, es el primer single.

Bicho*

 

La araña tiene conciencia de sí misma en dos situaciones muy concretas. La primera le resulta beneficiosa y, de alguna forma, es para lo que la vida la ha preparado. La hormiga, sin el cuidado de sus congéneres, es inocua. La araña no tiene necesidad de mirarla, la siente. No es que la hormiga sea prepotente pero sin la estela de feromona que deja alguna colega exploradora, ella vaga hasta que encuentra algo que morder. La araña, en cambio, es paciente. El mínimo roce la saca del letargo y ataca ciega al insolente arrebato: ágil y pastosa.

 

La otra circunstancia es, digamos, más casual pero fatídicamente real para la araña. El bicho tiene una visión parcial (depende el caso pero la que nos interesa posee cuatro ojos sobre lo que para un humano sería la coronilla) pero ello no le impide ver la sombra polvorienta que cae, perpendicular, con rapidez desde el cielo gris de lámina. La araña, maltrecha y sin tres ojos, aún alcanza a escuchar con amargura la voz preocupada y chillona de la mujer: ¿La mató, mi amor?

* © escrita por césar castro Fagoaga

Las pistas del fiscal PÉREZ JUÁREZ*

Publicado en crónicas el 6 de Diciembre, 2006, 23:04 por Fagoaga

Su trabajo es procurar que no haya crímenes perfectos, pero de antemano su labor se antoja difícil: de acuerdo con las cifras oficiales, sólo el 2% de los homicidios que investiga la Fiscalía General de República acaban en condena.  Este relato recoge las vivencias de fiscales que tienen no menos de 100 casos por investigar y laboran en uno de los municipios donde más asesinatos ocurren: San Salvador, la capital de uno de los países más violentos de América Latina.

El fiscal Pérez Juárez tiene cara de no haber dormido en dos días. Entra a la casa de turno arrastrando el peso de su labor. Hasta este día, desde que comenzó el año, ha tenido que lidiar con 100 casos. Todos homicidios.

Se curtió trabajando en Zacatecoluca, siempre en casos donde la vida se le arrebata a alguien. Ahí lo conocían como Jesús, un fiscal más de la unidad que investiga homicidios. Hace dos años lo trasladaron a San Salvador donde le llaman fiscal Pérez Juárez. Eso le gusta más.

La recepción de la casa de turno es un pequeño espacio con paredes amarillas manchadas de hollín, separado por cuatro biombos azules que componen los cubículos. Como cada día, es el lugar donde desde las cuatro de la tarde los fiscales de turno se congregan a la espera de casos. Son cuatro en total: dos de recepción y los dos de la unidad de vida, que cargan con la desgracia de tener que ir a reconocer cadáveres.

Esa noche le toca al fiscal Cabrera recibir las diligencias. Delante de su escritorio se sientan los más variopintos investigadores de la Policía Nacional Civil (PNC), que llegan a la Fiscalía para que "los licenciados" les aprueben los pasos a seguir en la investigación de cada caso. También acuden los empleados de los distintos tribunales, encorbatados y engominados, con una retahíla de escritos que mandan los jueces.

Desde que es fiscal, a Cabrera le han tocado siempre turnos de receptor. Nunca ha participado en un reconocimiento de muerte natural ni en una escena de crimen. Esta noche dice que quiere hacer algo diferente, para aprender. Lo suyo, durante un día normal, es investigar el pago de impuestos. Y tiene 400 casos de ese tipo acumulados, muchos de ellos de gente que debe cinco dólares de IVA.

Un grupo de policías vestidos de civil se acaba de marchar y lo que acaba de entrar no es exactamente un caso de impuestos. Cabrera recibe a los dos hombres pero pronto se da cuenta de que no podrá hacer nada por ellos. Los escucha y les dice que el licenciado encargado pronto volverá.

El Pérez Juárez regresa pasadas las ocho. Los dos hombres tienen media hora de estarlo esperando. Uno de ellos, más joven que el otro, fornido y con voz de niño, le explica que han llegado a la Fiscalía porque en Medicina Legal no les han entregado el cadáver de su hermano. A su lado hay un hombre avanzado en la vida, con la piel quemada, que dice ser el padre de Jorge Alexander Ramírez, el joven que fue estrangulado en la mañana en las cercanías del monumento al Hermano Lejano.

El problema, se percata rápidamente Pérez Juárez, es que el nombre y la foto que aparecen en el documento de identidad son imperceptibles. Si no se comprueba el vínculo familiar, les dice, no se les podrá entregar el cuerpo. El fiscal les recomienda que mañana muy temprano acudan al centro de emisión de documentos para que les extiendan una constancia. El anciano ha escuchado atentamente la explicación y, todavía sin entender, susurra: "¿Es decir que el cadáver de mi hijo lo voy a tener hasta mañana?" El fiscal Pérez Juárez aprieta los labios. Mira hacia otro lado mientras pronuncia un seco sí.

"Tenemos trabajo"
Desde la visita de los dos hombres ha pasado una hora muy larga, de por lo menos 120 minutos, y los fiscales saben es un tiempo de tranquilidad peligrosa. El fiscal Pérez Juárez se ha acomodado en la sala de reuniones de la casa de turno. En la delegación centro de la PNC un sargento que casualmente se apellida Pérez marca el 2223-6586 de la Fiscalía para sacar a Pérez Juárez de su letargo de cinco minutos. Se levanta, contesta el único teléfono y toma los datos. Fue una llamada corta y muy precisa. El fiscal ha anotado una dirección y luego se gira: "Ya tenemos trabajo".

La escena está acordonada con un lazo verde. Es frente a una farmacia de nombre Ignacio donde también sacan fotocopias y hacen laminaciones. Los disparos, según los vecinos de los edificios de mini apartamentos, se escucharon a las ocho y media. El fiscal Pérez Juárez llega a la colonia Dolores, cerca del Rancho Navarra, con su chumpa azul y tres grandes letras, FGR, en la espalda. Entra por la verja en silencio, observando a cada lado. Se detiene a varios metros frente al lazo verde y anota algo en su hoja. Una investigadora menuda, embutida en un ajustado pantalón, se le acerca para comentar lo que han averiguado: un hombre de tez blanca, pelón, con bigote ralo, ha disparado al joven después de bajarse de un Honda Civic del 98 color azul negro.

"¿Maras?", pregunta el fiscal. La investigadora se apunta una mueca antes de contestarle. "Parece que no, pero eso es lo que tenemos ahora". Un agente novato del sistema 911 se ha acercado para escuchar un poco. ha pasado la noche de guardia y aún no comido desde la mañana, y cree, casi sin dudarlo, que las pandillas son las seguras culpables.

Pérez Juárez da un par de vueltas más alrededor de las pruebas. El panorama no parece esperanzador: lo único que tiene a la vista son varios charcos de sangre espesa y once jóvenes curiosos que no dirán nada. "Es el problema de siempre", dice el fiscal, "testigos hay pero nadie dice yo he visto". La técnica manda, para casos como este, que el fiscal sea lo suficientemente hábil para detectar al testigo clave y luego interrogarlo por separado. Esta noche tendrá que convencer al dueño de la farmacia, un hombre que esconde su miedo tras unas enormes gafas.

Dentro de lo que el argot llama "la escena", cuatro investigadores de la Policía intentan hacer su trabajo. El auto en el que han llegado los identifica como miembros del Laboratorio Científico: dos que manipulan todo lo que encuentran, otro que dibuja lo que mira y un último que se encarga de tomar fotos. Hasta el momento los siete indicadores de pista que han puesto, pequeños rótulos blancos con número negros, nada tienen que ver con casquillos de bala. Eso se lo hacen saber al fiscal Pérez Juárez. Él recibe la información e infiere: "parece que fue revólver".

El investigador Medina, el encargado policial de las fotos, que sonríe todo el tiempo, atraviesa el lugar mientras manipula su cámara, una réflex análoga con un flash desproporcionado. Ha dado un par de vueltas, pasa debajo del lazo verde y suelta la frase: "Por desperfectos mecánicos no voy a tomar fotos aquí". Nadie le presta atención.

Pérez Juárez ha decidido recostarse en un auto aparcado para esperar la resolución técnica de los policías que están a su cargo en esta investigación. Relee cuidadosamente sus anotaciones y pronto se percata de lo poco que tiene a su favor. ¿Huellas de llantas en el pavimento? "No, responde el fiscal, en el laboratorio no tenemos equipo para eso, y bueno, todavía se podría si la escena estuviera intacta...".

Pero este, sin embargo, no es ni de lejos su caso más complicado. Esta noche tiene por lo menos posibles testigos. Hace tres semanas, en día de turno, se topó con una situación caótica. De entrada le pareció un crimen perfecto. El 18 de octubre, tres jóvenes aparecieron estrangulados, con los brazos amarrados detrás de la espalda, a escasos cien metros de Casa Presidencial. Los habían arrojado en plena calle a primera hora de la mañana.

"Ahora sabemos que eran de Ahuachapán", dice Pérez Juárez con un ligero brillo en sus ojos. Agricultores, que habían venido a la ciudad a buscar trabajo. Eso, sin embargo, es todo lo que la investigación ha avanzado.

El fiscal está concentrado en su relato cuando lo que mira le saca de su ensimismamiento. Los del Laboratorio Clínico están guardando sus utensilios en una hielera grande y roja listos para partir. "¿Y las fotos?", pregunta Pérez Juárez. Uno de los investigadores le responde rápidamente que no podrán fijar el literal A porque la cámara se ha estropeado. El fiscal pone cara de interrogatorio pero calla y lanza un gesto de reprobación. Medina, que ha visto lo sucedido, se acerca para explicar que el flash no sirve.

El sonriente investigador propone que consigan una cámara en la Fiscalía. Pérez Juárez ojea su reloj metálico y lo interrumpe con un rugido: "Ya no hay criminólogos a esta hora". Luego se da la vuelta con parsimonia y camina unos pasos para tratar de bajar la cólera. "La escena la podríamos dejar así pero, ¿cómo le compruebo al juez lo que le pongo en el acta?" El fiscal está molesto. "Tengo que tener fotos", remata.

Ha pasado media hora y el fiscal ha llamado ya a la delegación centro de la PNC para solicitar otra cámara. Le han contestado que se la tienen lista, momentos antes de que el inspector Medina suelte otra bomba: que la cámara está bien, lo único que le hace falta son baterías. Pérez Juárez no pierde la compostura pero su lenguaje corporal denota que está harto, fastidiado. "¿Es la cámara, las baterías o solo el flash?", increpa. El encargado del Laboratorio, visiblemente avergonzado, llama a Medina, que se ha rezagado un poco, para que explique. El fotógrafo ha perdido la risa y le cuesta comenzar a hablar. Según él, lo mejor será irse a buscar otra cámara, aun cuando el fiscal le ha dicho que puede comprar él, de su bolsa, las baterías que hagan falta.

Más tarda Pérez Juárez en acabar de hablar que los de Laboratorio Científico de la Policía en irse. Los otros investigadores se han apartado y el fiscal ha resuelto reportarlos. "Esto lo tengo que informar", dice, "no estoy acostumbrado a trabajar con gente poco seria".

Pasará otra hora antes de que la escena del crimen sea procesada y el fiscal Pérez Juárez parta al hospital Rosales para escuchar el dictamen forense sobre el cadáver. Cuando recibió la llamada, poco después de las 9:30, le dijeron que José A., un joven de 16 años, había muerto camino al hospital producto de los impactos de bala que recibió en una verja cercana a la farmacia Ignacio. Al llegar se da cuenta de que José en realidad tenía 15 años y que su compañera de vida, tres años mayor que él, está por dar a luz.

Lo que se vive fuera del área de emergencias del hospital amarga el espíritu. La familia de José está recluida detrás de la camioneta negra que ha servido de ambulancia. Lo único que se ve del cuerpo son sus pies, ataviados por impolutos calcetines blancos. Pérez Juárez, que caminado resuelto hacia la familia, espera la llegada de los peritos de Medicina Legal.

El interrogatorio, en conjunto con los mismos investigadores que lo han acompañado frente a la farmacia, comienza con el padre. Se trata de un hombre joven, de bigote, adornado con anillos en cada uno de sus dedos. Está destrozado y apenas puede hablar. Su mujer, a su lado, no puede ni quiere contener el llanto. Pérez Juárez se dirige después a la viuda y logra intercambiar palabras por un lapso de cinco minutos antes de la llegada del forense.

Los forenses hacen su trabajo con frialdad prudencial. Lo hacen frente a la familia de José, que no tiene otro remedio que permanecer ahí y mirar. El cuerpo sufre desde hace ratos el rigor mortis. El médico da órdenes a su ayudante para que manipule y gire al cadáver. Alumbra con una lámpara de luz neón y se agacha para observar bien los detalles. Pérez Juárez lo sigue atentamente y anota en su tabla las apreciaciones del forense: la muerte la causaron los once orificios de bala.

Tras 20 minutos, el examen, hecho sobre el pavimento, termina. Medicina Legal pone el cuerpo en una bolsa negra y lo sube a un recién estrenado pick up doble cabina. Pérez Juárez retoma su interrogatorio. Sabe, como en la mayoría de los casos que la Fiscalía atiende, que las pruebas científicas que ha recogido la Policía lo llevarán únicamente a saber el tipo de arma que causó la muerte. Es improbable que sea una de las registradas. Su trabajo depende únicamente de los testigos.

El fiscal se aproxima de nuevo al padre, puesto que la viuda está rota. Con la diplomacia que está aprendiendo en un curso para fiscales le intenta explicar que lo necesita para la investigación, que su declaración, y especialmente la de su nuera, son imprescindibles. "El joven murió en brazos de ella", le recuerda el fiscal apuntando a la viuda, como si el padre pudiera olvidarlo.

El hombre endurece su rostro y le responde al fiscal: "Yo quisiera creerle, pero esto son solo papeles. Si yo hubiera estado ahí, esto no hubiera pasado. Créame, licenciado, si me entero quién fue, lo quemo".

El fiscal Pérez Juárez lo escucha atento y enmudece. Son casi pasadas las doce y ha empezado a llover.

*publicada originalmente en El Faro.

eL muERtero*

Publicado en historietas el 5 de Diciembre, 2006, 23:56 por Fagoaga

Le habían leído cuatro veces la mano, la derecha, y el veredicto siempre fue el mismo: vas a vivir poco. Resulta que las manos, le dijo madame Bou una vez, son un fiel reflejo del cuerpo y del alma, de sus desbarajustes y suertes. La quiromancia, le explicó, algo que a él le sonaba casi a mala palabra, tiene su razón de ser en los pliegues y las líneas de las palmas de las manos. La de la vida, le contó la mujer, es la más importante. Él la tenía corta, profunda pero corta. Su mano era una especie de pizarra blanca que contrastaba con lo moreno, casi negro, de su piel mal cuidada. Tenía pocas líneas que parecían haber sido repintadas con un plumón. La muerte, pensó. Su teléfono celular se encargó de sacarlo de su ensimismamiento, se dejó de ver la mano y se levantó a buscar el aparato que sonaba en algún lugar de la pequeña funeraria. Era el fiscal Amaya, un poco antes de la hora que le había dicho que le hablaría. Contestó con desgano, casi como si le molestara la llamada que lo había tenido nervioso toda esa madrugada. Escuchó lo que precisamente necesitaba un tipo como él que, sin embargo, no lograba comprender cómo a esta altura de la película, a sus impensables 41 años, 13 de ellos en el negocio, podría estar preocupado por algo tan común como la muerte. Pero lo estaba, y esa mañana casualmente los nervios, que los sentía como un hoyo que giraba y se hacía cada vez más grande dentro su estómago, se lo estaban comiendo vivo. Salgo ahorita para allá, dijo y colgó.

Antes de irse, confirmó lo que el fiscal Amaya le acababa de decir. Llamó a su contacto en la delegación centro de la policía y sí, sucedió tal como se lo habían contado, con lujo de barbarie. Mierda, musitó.  El policía ya había soltado el auricular y no le escuchó. Abrió la puerta y comprobó que lo seguros que mantenían sujeta la urna de cristal a la cama del pick up estuvieran bien. No había problema, pero las letras rojas del rótulo de la funeraria se veían poco, el Último Descanso apenas era perceptible. Sabía que tendría que repintarla si quería tener en estos tiempos de escasez un llamativo respecto a sus competidores.

Las calles de San Salvador estaban vacías. Los restos del papel periódico de los pocos cohetes que se reventaron la noche anterior formaban pequeños cúmulos que los barrenderos de la alcaldía estaban a punto de meter a sus barriles. La Navidad no es lo que era, se dijo en voz alta. Escupió por la ventana mientras cambiaba la marcha a tercera. Echó un vistazo al tablero y vio que el medidor del tanque estaba en la reserva, cerró los ojos un instante para hacer el cálculo mental: sí, alcanzaba para llegar a la Santa Marta y regresar con los tres cadáveres. Lo bueno era que esta vez no debía correr para llegar, sorteando los carros y los buses como hace dos años. Esta vez estaría solo. Ese era el trato con el fiscal Amaya.

Fue el primero en llegar; la policía aún no había acordonado la pequeña fachada. La entrada de la casa 6-E estaba rodeada por mucha gente que se agolpaba para ver la macabra escena. Una mujer salió con los ojos hinchados, rojos y llenos de lágrimas. Los han matado a todos, eso es un charco de sangre, gritó. Otra vecina la consoló e impidió que algún otro entrara a la residencia de los Fuente Flores, una familia sencilla, la madre y los dos hijos. El marido murió en 2001, atropellado un 14 de junio en la Troncal del Norte. La mujer se hizo cargo de todo desde entonces. Trabajaba, de 7 a 5, en una maquila de un tipo de Taiwán, poniendo cremalleras a pantalones de lona para muchachas talla cuatro.

El muertero avanzó despacio, mientras intentaba, con disimulo, reconocer a algún familiar. La última vez que le había tocado algo similar tuvo que recurrir a una técnica normal en el negocio pero que a él le producía algo parecido a la náusea. Talvez era asco. Le avisó esa noche un amigo suyo que tenía en la delegación de Soyapango de la Policía. Era un agente, de apellido Peña, que había entendido pronto de qué se trataba el negocio de muertiar. Peña llegó a Las Margaritas IV a las 9:17 de la noche, 25 minutos después de ocurrido el crimen. Entró a la casa  y se asombró por lo que vio. El olor llegaba hasta la garganta. La casa era a penas dos cuartos, el principal, donde estaba la sala, comedor y la cocina, y el otro, que servía de habitación para los cinco que pernoctaban ahí. Los vecinos sabían que Amilcar, el mayor de los cuatro hijos, estaba metido en maras. Se vestía raro, decían, y aunque la cara o los brazos estuvieran libres de tatuajes, en la mano izquierda, entre el pulgar y el índice, tenía tres puntos bien marcados. Pocas dudas había, era de la 18. La madre y las tres niñas, la mayor tenía 13 años, tenían amarrados los brazos por detrás de la espalda. A las cuatro les habían pegado un tiro en la cabeza. No era un experto, pero a Peña le parecía que antes las habían violado. El cuerpo de Amilcar estaba afuera, junto al lavadero. El servicio de agua era escaso en Las Margaritas y la mayoría de casas guardaban lo poco que caía en sus pilas o barriles. Amilcar estaba metido a la fuerza en un barril. Sobresalían las piernas, los brazos y un trozo de cabeza. Antes de matarlo, de la misma forma que a su familia, le cortaron los testículos.

Peña salió de la casa y llamó al muertero. Riña de maras, le dijo. 17 minutos después, el pick up de la funeraria El Último Descanso se estacionó en el parqueo común de la colonia, justo en la entrada del pasaje G. El muertero se bajó y descubrió con molestia que el de la San Juan había llegado antes. Un servicio como este no se lo puedo dejar en menos 200 dólares por cada uno, tenga en cuenta que el muchacho está todo descuachipado, le decía el de la San Juan a una mujer que lloraba y no entendía de razones. El muertero intentó ser más diplomático y probó con otro familiar más sereno, que dijo que era el tío. Mire, comenzó, dicen que el muchacho está algo complicado, pero por ser una situación difícil puedo reconsiderar los precios, en 150 le puede quedar el servicio. El hombre lo miró con desconcierto. Incluye preparación, caja y lo de la vela, remató. El hombre aceptó.

El agente Peña se acercó al muertero cuando había cerrado el trato. Lo miró y le hizo un gesto que el otro comprendió sin necesidad de palabras. Después del servicio me llamás y arreglamos, le dijo.

Trece horas después, cuando tuvo los cuatro cadáveres a su disposición, el muertero comenzó a trabajar. Se lamentó que Medicina Legal los hubiera entregado tan tarde, el tiempo, pensó, no les hace falta a los muertos. Le costó enderezar a la mujer, mucho más que a las tres niñas. El muchacho, sin embargo, era caso diferente. A ese lo dejó para el final porque sabía que para eso tenía que reprimirse las arcadas. Quebrar huesos para hacer lucir cómodo a un cadáver era una de las cosas que jamás se acostumbraría.

La casa de los Fuentes Flores era casi un calco de lo que le tocó vivir aquella noche de marzo de 2004 en Soyapango. No quería ni pensarlo y no sabía por qué el fiscal Amaya se había obsesionado porque fuera exactamente así. Nadie sospechará y seguro pensarán que las maras han vuelto, le aseguró Amaya. El muertero no estaba convencido.

Los vecinos comentaban con cara de angustia lo que estaban reviviendo. Los asesinatos eran cosa del pasado y muy poco se mencionaba en estos días sobre ello. Atrás habían quedado las historias rojas que saturaban todos los días las páginas de los periódicos. Algunos medios, incluso, habían tenido que cambiar su enfoque y enfilaban sus fuerza para hacer interesantes la vida los cantantes, los presentadores de radio o televisión, los futbolistas e incluso se comenzaron a inventar amantes para el presidente.

La policía y la fiscalía anunciaron despidos en todas sus líneas, no hacía falta tener tanta gente si había tan poco que hacer. Los juzgados no tenían casos. Al muertero le preocupaba, nadie lo llamaba ya, las ventas se habían venido abajo y por eso no dudó en aceptar. El trato sería un poco menos beneficioso que cuando todo tenía un orden, cuando algún contacto le llamaba y solo tenía que dar el 20 por ciento del negocio por “el favor”. Ahora sería cincuenta y cincuenta. Le gustara o no.

El muertero vio cómo los peritos de Medicina Legal que habían llegado una hora después a lugar sacaban los cadáveres. Ya había entablado conversación con los familiares y no parecía haber problema. El negocio seguiría a pesar de todo. El fiscal Amaya lo interceptó antes de que se subiera al vehículo, le dio un papel y se dio la vuelta. El muertero lo leyó: Pasado mañana, trataré que sea por la tarde. Las maras, ya sabe. Botó el papel y se subió al pick up. El fiscal Amaya había avanzado un par de pasos y se dio la vuelta. Por cierto, feliz Navidad, le dijo, y siguió la marcha. El muertero no le contestó.

*de la trilogía "ciudadanos ok"

© Un cuento escrito por césar castro Fagoaga

La noche más PLACENTERA de San Miguel*

Publicado en crónicas el 5 de Diciembre, 2006, 23:31 por Fagoaga

Sábado, día de carnaval. La ciudad más grande de oriente vivió su tradicional festejo como lo ha hecho desde 1959. Cuarenta bandas musicales y un largo y ecléctico desfile de carrozas animaron a las miles de personas que llegaron a San Miguel para recordar que ahí también se puede festejar.

La mitad de El Salvador se quedó en sus casas, la otra estaba en San Miguel. Más gente no podía atestar las calles porque básicamente no había espacio. Fue una noche templada, de Carnaval, donde miles disfrutaron uno de los placeres en vías de extinción en El Salvador: caminar al aire libre.

El desfile de carrozas estaba pautado para la seis de la tarde. A las ocho, una caravana de vehículos, que se prolongaba por varios kilómetros a las puertas de la ciudad, aún esperaba entrar. La situación era similar, pero a pie, en las proximidades de la Catedral. El carnaval, el número 48, había comenzado.

Las masas se congregaban a ambos lados de las calles, de modo que las carrozas contaban con un reducido espacio de poco más de dos metros para circular. El tráfico era lento, ideal para apreciar los más variopintos artefactos móviles que, en su mayoría, transportaban a jóvenes reinas con sonrisas congeladas.

Eran carrozas únicas y fortuitas, propias de un carnaval hecho en noviembre. La mayoría eran conducidas por carros, pick up o incluso camiones pero no faltaron aquellas engalanadas por tractores. Como mandan los cánones de desfiles, las reinas arrojaban a las masas una diversidad de cosas. Abajo, la gente se disputaba los dulces que las soberanas particulares regalaban, y las gorras amarillas, botellas con bebidas energizantes (algunas con carácter de objeto contundente) y bolsas de aceite para cocinar que provenían de las carrozas comerciales.

Curioso resultó que el pequeño microbús que promocionaba una conocida marca de condones, Durex, no compartiera su producto con la masa que lo demandaba, más, por cierto, que las bolsas de aceite vegetal.

Las carrozas desfilaron a lo largo de la cuarta calle, de poniente a oriente. Algunas, muy sencillas, ostentaban sólo a una reina acompañada de pequeñas damitas y algún adorno estrambótico como una fuente o un pequeño estanque. Otras, más grandes, reproducían fenómenos culturales, como el trailer que transportaba una tarima repleta de jóvenes salvadoreños que lucían pantalones cortos, chaquetas de marines, recién salidos de una high school de Texas.

La caravana de colorido pasó y en su estela dejó ver a cuarenta orquestas y bandas que animarían el carnaval. En esencia, el carnaval de San Miguel es eso: unas fiestas patronales al aire libre, con tarimas cada dos cuadras, miles pululando y mucha, mucha cerveza.

Las bandas fueron variadas. Predominaba la música tropical con exponentes que repetían, invariablemente, éxitos de antaño como "La bala" o "La cumbia sampuesana". Frente a cada escenario había pequeños grupos de gente, incluso en los que tenían un pésimo sonido y sólo las luces de las farolas para iluminar sus presentaciones.

Una gran concentración de público marcaba la diferencia al término de la cuarta calle poniente, justo en la intersección con la avenida Roosevelt, la principal arteria del carnaval. Ahí, en un escenario muchísimo más grande que los de las cuadras anteriores, se presentaba un grupo mexicano que cantaba canciones melancólicas. El público, en su mayoría adulto, disfrutaba bailando lo que se oía en las bocinas. En un momento, uno de los vocalistas se convirtió en protagonista. Muy animado, sin música de fondo, agradeció la invitación: "Un fuerte aplauso para Will Salcedo, por habernos traído al carnaval". Mucha gente, en coro, gritó para corregir el nombre de su alcalde. "Salgadooooo".

Sobre la Roosevelt, la gama musical era mayor: desde Marito Rivera y su grupo "Bravo" hasta los roqueros de Die Blitz. La nota, sin embargo, la puso una banda muy particular de roqueros vestidos de negro que tocaban música de Héroes del Silencio, The Eagles y Madonna. La estrella de Antología, un grupo originario de Jucuapa, era su diminuta vocalista que hacía de la presentación una noche de Hard Rock Café. Antología encendió los ánimos de la mayoría de jóvenes que presenciaban el toque, que bailaron y se golpearon cuanto quisieron ante la mirada inútil de cuatro agentes de Policía Nacional Civil, los únicos serios de la noche.

La dinámica se repetía así, con menos efervescencia, en el resto de tarimas de la enorme avenida. Lo más interesante era ver que en cada esquina había una persona con una hielera, barril o carretilla repletos de latas de cerveza. Eran pequeños minibares que estaban igual de atiborrados que los espectáculos musicales.

Del recorrido de las carrozas y el repaso de grupos pasaron varias horas. Poco después de la media noche, la marabunta se dirigió a buscar un hueco en el ya repleto estadio Charlaix. El lugar fue el destinado por el comité organizador para recibir a los artistas internacionales.

Al llegar a las puertas de Charlaix, el cálculo más discreto haría pensar en 30 mil personas. Los de la alcaldía de San Miguel decían, orgullosos, que su sistema informático les avisó que en realidad eran 50 mil. Lo cierto es que la gente no cabía y muchos optaron por las copas de los árboles para ver la atracción principal.

Arriba de la gran tarima estaba Will Salgado, el alcalde de San Miguel. Desde ahí saludó a sus coterráneos con pleitesía, mientras autorizaba a algunos a subir al escenario. El carnaval es, en buena medida, una pequeña muestra de sí mismo: singular, con pinceladas de grandeza y aderezado de derroche.

A la una de la madrugada, Niche, el grupo colombiano de salsa se presentó para calentar al público. La masa esperaba entre el polvo de la cancha y pedía a gritos el plato fuerte. Este carnaval tuvo como principal invitado al grupo de bachata Aventura, cuatro dominicanos criados en el Bronx que tienen la maravillosa habilidad de hacer sonar todas sus canciones de la misma forma simulando voces femeninas.

El público los elogió desde antes de subir. Ya arriba comenzaron su repertorio, canciones que se superponían creando el efecto de una sola y larga pieza, mientras la gente coreaba y deliraba. No faltó quien cayera en el polvo desmayada por una sobredosis de Aventura.

En la tarima, los agentes del Cuerpo de Agentes Metropolitanos impedían que la gente se subiera pero luego, cuando el público estaba más tranquilo, se ofrecían a tomar fotos de una perspectiva más cercana.

Los dominicanos tocaron por dos horas, hicieron un concurso con el público para ver quién cantaba mejor (el ganador se llevó cien dólares) y se fueron ovacionados.

El fin del concierto, cerca de las tres de la madrugada, supuso el cierre formal del carnaval. Miles y miles salieron expulsados hacia las calles, que nuevamente se llenaron. Los restaurantes, bares y barras shows los recibían. Sobre la Roosevelt, las bandas que aún tocaban se comenzaban a despedir paulatinamente.

A las cuatro, con sólo algunos cientos circulando en zigzag, el carnaval de San Miguel se apagó. La basura y los vendedores dormidos frente a sus puestos quedaron como testimonio del carnaval.

*publicada originalmente en El Faro.